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Hijos del fin del mundo

hijos del fin del mundoHijos del fin del mundo.
Imagineediciones. 2009.

Sinopsis:

Este es un libro de infancia, y un libro de viajes, y un libro de historias recuperadas. Un libro para quienes se han asomado al fin del mundo y han regresado para contarlo, para quienes reconocen en su carne la misma materia que las estrellas y se saben de la misma constitución que los montes, los ríos, los animales y las plantas.

Para quienes, como los antiguos habitantes de los bosques, de buena gana pedirían perdón al árbol que cortan, a los sentimientos que hieren, al tiempo que pasa y nos transforma en otra cosa.

Este es un libro que nace de un recuerdo, y de la imposibilidad de poseer una flor que, para colmo, nos mostraban ante los ojos constantemente, de la reconstrucción de un camino personal y un viaje que han seguido millones de personas, bajo la guía de las estrellas, sobre piedras milenarias y huesos blanqueados.

Finisterre se adentra con su lengua de roca en el mar. Allí, como si fuera un gran espectáculo, algunos viajeros se reúnen para ver la puesta de sol. La bola roja se hunde en el agua, como si allí, realmente, terminara todo lo seguro, todo lo conocido. Mucho valor haría falta para cruzar esa frontera invisible, terrorífica. Más allá habitan todos los monstruos imaginables, las vacas negras, los diablos sedientos de sangre, las almas rechazadas por la Santa Compaña, los niños muertos antes del bautismo, las negras sombras de los pecadores. Los pulpos de mil cabezas y los comedores de carne humana.

Con suma lentitud, el sol sigue su camino. Avanza hacia el oeste, indica que aún quedan tierras por conquistar, y que, para el peregrino valiente, faltan por descubrir las constelaciones de las estrellas del Sur, donde el cielo se vuelve loco e indica otros caminos.

Perduran entre las peñas un puñadito de herbas de namorar. Los milicroques, los dedales púrpura de la digital, oscilan por el viento, como campanas mudas. Las flores cierran sus cabezas por ese día.

Mientras tanto, la oscuridad desciende suavemente sobre el confín del mundo conocido.